jueves, 13 de noviembre de 2014

Nunca es tarde (o Cuando Harry conoció a Sally)


Cuando le conté a Gabriela que pensaba escribir este blog, lo primero que me dijo fue: “Matías, ni se te ocurra hablar de mí”, entonces puse mi mejor cara de Gato con Botas y le expliqué que quería desarrollarlo como si fuera una especie de diario de vida/crónica de existencia/opiniones en donde ella como parte importante y fundamental de mi vida no podía dejar de estar incluida. Entonces cambió su postura (mi cara de Gato con Botas nunca falla) y acordamos (es decir, ella acordó por los dos) que tengo terminantemente prohibido comentar o describir  cualquier situación u opinión que pueda avergonzarla. Así que haré mi mejor esfuerzo… no prometo nada.

Había una vez un hombre que entró a un bar, buscaba a un amigo con quien había quedado de encontrarse y al cual no veía desde hace mucho tiempo. Este amigo había dejado el país durante un tiempo y ahora estaba de visita por un mes en Santiago. El hombre (a quien llamaremos “Manzana” desde ahora), buscó con la mirada a su amigo (“Zapallo” desde ahora), y al no verlo fue hasta la barra (la del bar, no la del estadio) y pidió una cerveza. Cuando se volteó vio a la mujer más espectacular y preciosa que él hubiese visto jamás… sentada con su amigo Zapallo. Se saludaron con un abrazo y Zapallo le presentó a Berenjena, su esposa, a Manzana. Conversaron largo rato, rieron, recordaron viejas historias, y en un momento Berenjena se retiró al baño. Cuando los amigos quedaron solos, Zapallo le confesó a Manzana que estaba enamorado de otra mujer, que Berenjena no sabía nada, pero que no podía seguir viviendo la mentira y que definitivamente se iba a separar. Manzana quedó impactado sin saber que decir. Cuando Berenjena volvió a la mesa, no sabía cómo mirarla. Al poco rato Zapallo se levantó al baño, Berenjena lo observó mientras caminaba y sin mirar a Manzana le dijo: “Él me está engañando con otra mujer ¿sabes?, Zapallo piensa que yo no sé nada, pero lo sé desde hace meses… lo más triste es que ya no me duele, porque sé que yo desde hace mucho dejé estar enamorada de él. Nuestra historia terminó, pero ninguno de los dos se atreve a confesarlo”. Manzana, entonces la vio triste, frágil y deseó poder abrazarla, consolarla y decirle que todo estaría bien, pero Zapallo volvió y la pareja siguió comportándose como si nada hubiese pasado. Rato después se despidieron y mientras esperaba un taxi, Manzana se quedó mirando la pareja mientras se alejaban. Esa noche no durmió pensando en lo que había pasado, pero en verdad más que nada pensaba en Berenjena.

Tiempo después del traumático encuentro, recibió un e-mail de Zapallo contándole que estaba bien, que habían sido un tiempo difícil, que se había separado, que estaba ahora con la mujer que amaba, que era muy feliz, que por favor lo disculpara por haberle hecho cargar con el secreto aquella noche, pero que el amor se mueve por caminos extraños y a veces tarda, pero siempre llega.

Pasaron tres años y Manzana caminaba por el centro de Santiago cuando alguien tocó su hombro, al darse vuelta se encontró de frente con Berenjena. Ella, con la misma sonrisa que él jamás pudo olvidar, lo saludó afectuosamente y le invitó un café. Se fueron juntos a un agradable café cercano y hablaron toda la tarde, supo de su boca lo de la separación, se enteró que llevaba ya ocho meses viviendo en Chile y que estaba bien y feliz, le dijo que todo pasaba por algo, y que la vida está llena de segundas oportunidades. Salieron del café, ella atenta a sus palabras y el fascinado con su risa. Caminaron y siguieron conversando. Acordaron volverse a ver otra vez y luego otra más. Y otra. Y otra. Y no supieron cuando ya estaban enamorados.

Está historia no sólo es cierta, sino que la escuché de primera mano de labios del propio Manzana, el día de su matrimonio con Berenjena. Gabriela conocía a la novia y aunque aún no estábamos juntos en aquel entonces, ciertos eventos llevaron a que fuese su pareja en ese matrimonio. Manzana me dijo: “¿Sabes una cosa? Nunca es tarde… vi como la miras y eso me recuerda lo que yo vi cuando conocí a Berenjena… a veces el viaje toma su tiempo (entonces miró a Berenjena), pero el destino vale la pena. Créeme, sé porque lo digo”. Entonces me estrechó la mano, y me ofreció una de las sonrisas más sinceras que he visto en mi vida. “Suerte” me dijo y se volvió a integrar a la celebración. Nunca más he vuelto a hablar con él, pero nunca olvidé esas palabras.

Mi historia con Gabriela es larga y pasaron muchas cosas antes de que termináramos juntos, tal vez para alguien resulte aburrida, cliché, convencional, pero en su medida cada historia nos afecta de manera especial y es importante para cada uno en la manera en que nos toca.

Mientras escribo esto, Gabriela está sentada en el balcón leyendo Maldito Karma, de David Safier, de vez en cuando sonríe, y eso me recuerda la primera vez que la vi entrar en la oficina y el incidente de la fotocopiadora (maldita fotocopiadora). Pero esa historia la dejaré para otro día.

NOTA: Los nombres reales de los protagonistas de la historia fueron cambiados para proteger su identidad… por si alguien no lo había notado.








No hay comentarios:

Publicar un comentario