martes, 14 de abril de 2015

Buenos días, buenas tardes, buenas noches (o porqué no juego a la pelota)



Considerando que el momento en el que alguien (léase tú, ustedes, ell@s, vosotr@s) pueda leer este blog es totalmente incierto, debo decir al igual que en The Truman Show (léase De Truman Chou): Buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Y habiendo pasado ya la parte de los saludos (en el párrafo anterior por si no lo entendió), procedo a presentarme: Mi nombre es Matías, como podrán deducir por el nombre soy un varón, de 30 años pronto a cumplirse, trabajo de lunes a viernes como la mayoría de los mortales, vivo en un departamento en Santiago City, soy fanático del cine, la televisión, los libros, y otras tantas tonteras de hombres-machos-alfa-wachos-perros-brothers-pulentosos e inteligentes… es decir, que harta gente me considera ñoño, término que ahora no tengo claro si se trata de una ofensa o un halago, porque antes era medio fome ser ñoño, pero ahora es medio moda, creo. En fin, eso es lo de menos por ahora.

¿Qué más puedo decir de mí? Soy malo para la pelota, y decir malo es ser bien generoso, la verdad es que doy vergüenza, mejor dicho si la vergüenza tuviera vergüenza yo sería peor que eso, no tengo mala condición física, pero no hay caso que pueda destacar en el fútbol. Podría escribir un libro con cada chiste que me ha pasado cuando he intentado jugar a la pelota, hacer un autogol es lo más digno que me ha pasado y volarle un  diente a una profesora en la básica una de las cosas que nadie puede olvidar. Mi tío Javier me decía, que cuando yo era chico, mi papá (como típico papá chileno copia feliz del edén de los 80’s) me regaló una pelota con el sueño de que su hijo fuera futbolista, jugara por el equipo de sus amores y algún representara a Chile vistiendo la Roja de todos… suena bonito, ¿cierto? El caso es que me llevaba todos los fines de semana al parque a jugar a la pelota y tener ese tiempo de calidad padre-hijo, el problema es que yo no era bueno para el arco, no era bueno para la defensa y tampoco tenía habilidad de delantero, tanto así que tengo un trauma particular jugando al hoyito patá, se podrán imaginar que el que más recibía patadas era yo, así que jugaba por honor de macho y recibía los golpes con toda la integridad podía, y no es muy digno que digamos que siempre le peguen a uno, incluso durante un tiempo mis compañeros de curso decían “juguemos al Matías-patá” (JA-JA súper gracioso), por aquellos años estaba seguro que en algún chequeo médico el doctor descubriría que tenía un cachete más arriba por culpa de las patadas (nunca pasó… no se lo imagine por favor, en serio).

En fin, después de muchos intentos de mi padre de fortalecer mis inexistentes habilidades futbolísticas, incluyendo aquella vez que trató de que “sintiera” la pelota poniéndome a atajar penales con los ojos vendados (ok, mi papá a veces no tenía ideas taaan geniales), después de tanto autogol, de tanto penal perdido, de tanto pase desviado, sus intentos terminaron el día que le pegué un pelotazo directamente en el rostro (léase “en todo lo que se llama hocico cara”) a un  señor-carabinero quien no creyó que fuese yo el culpable y le cargó la culpa a mi papá amenazándolo con llevarlo detenido, cosa que afortunadamente no pasó. Yo no recuerdo esa historia, pero mi tío Javier jura que es cierta, el problema es que  mi tío también jura que  es cierta la historia de la sirena que encontró en Valdivia, la de la vez que se ganó el Loto y perdió todo en 1 hora, o la de la fiesta de 3 semanas, no digo que mi tío sea mentiroso, pero tiene muchas historias.


Por extraño que resulte, a pesar de todo lo terriblemente malo que soy para jugar fútbol, fue gracias a una pichanga de la empresa, y a mi desafortunada participación en ella, que pude finalmente acercarme a Gabriela, conversar y terminar junto a ella escribiendo otra gran historia que ha sido vivir juntos. Pero esa, esa es otra historia.

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